Leer un libro en un lugar alejado es abrir dos mundos al mismo tiempo. Uno está en las páginas, donde las palabras avanzan como un río silencioso; el otro respira alrededor: la brisa entre las montañas, el vuelo lejano de un ave. Sobre una roca, el lector se vuelve parte del paisaje. Las páginas se mueven con el viento, entonces ocurre algo simple y profundo: la naturaleza lee con vos. El sol marca el ritmo de la historia, y el tiempo —como el libro— se vuelve lento, abierto e infinito.
